La locura en todos (Microcuento)

—La gente rota está llena de cicatrices— me dijo Amelia mientras miraba por la ventana. Creo que lo dijo más para ella que para mí.

Yo seguí cambiándole el suero de la mano en silencio. Esa mano de tantos años como piquetes de hospital. 

—Algunas cicatrices—continuó—son reconocibles a simple vista… pero hay otras que se asoman a través de las palabras o de acciones, tal vez, pero que gritan “ven y cúrame.”— dijo con una terrible seriedad.

Sentí un escalofrío por la columna y de nuevo no respondí.

—Yo me percato de las tuyas perfectamente— me dijo mirándome a los ojos. Ahora su tono era suave, casi tierno, como su mirada madura. 

Me recordaba a mi madre de alguna manera. Había cierta familiaridad en sus facciones, pensé que así más o menos se hubiera visto mi madre si hubiera podido llegar a esa edad: la piel con manchas de los años, con ligeras arrugas en los labios por tanto cigarro, un poco de mal humor, y el cabello corto y despeinado. 

—Está bien, niña. No me tienes que decir nada. Aquí la que me ayuda y cuida, supuestamente, eres tú—me dijo apartando la mirada—. Pero todos los que tenemos cicatrices estamos locos; recuerda lo que te digo. 

—Lo recordaré— le dije terminando de llenar su ficha del día.

—Odio esta vista. ¿Ves esos edificios del mismo tono?—dijo señalando hacia afuera—. Así es toda esta ciudad. Malditos comunistas, no pudieron deprimirnos más con esta arquitectura y vida triste. Ni el sol que se filtra te calienta. 

Miré por la ventana. Tenía razón. No me había fijado, qué curioso. Marzahn tenía una historia turbia, y sus edificios eran tan desabridos que ni me había fijado en ellos. 

Pero este hospital sí que me había llamado la atención. Pasillos largos, amarillentos y muy viejos. Olor a cloro y cemento. Siempre había algo que arreglar, sobre todo en el ala oeste de psiquiatría. Se caía a pedazos.

—Bueno, Amelia, parece que todo está bien. En unas horas regresaré con el almuerzo. Ya sabes, si necesitas algo nos avisas. 

Amelia no me dijo nada, volteó la mirada hacia la ventana que tanto odiaba. 

***

Fui a entregar las fichas médicas del día pensando en cicatrices. 

—¿En dónde tienes la cabeza?— preguntó Jan, el jefe de piso.

—Ya sabes. Conversaciones del ala de psiquiatría con Amelia.

—¿Amelia? ¿Cuál Amelia?— preguntó Erika, otra interna.

—La de la cama A5. 

Jan se rió. 

—Te quieres hacer la graciosa, ¿eh? 

—¿Cuánto tiempo lleva esa cama sin ocuparse, Jan? ¿Tres años? —preguntó Erika.

<¿Me estarán tomando el pelo estos dos?>, pensé.

—Algo así. Pega el sol durísimo por esa ventana, todos los pacientes se quejaban del calor—contestó Jan—. Eh, Hanna ¿qué has almorzado hoy? No te vimos por la cafetería. 

—Eh… Aún no he comido— contesté todavía un poco confundida.

Jan checó su reloj. 

—Pero Hanna, tu hora de descanso acaba de terminar. ¿Pues dónde estabas?— preguntó Jan, al igual que Erika con una mirada expectante. 

Fotos de Rafa Pellegrin.

Paula Tece 29/05/2022

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