No puedo estar más de acuerdo con el periodista y profesor uruguayo, Leonardo Haberkorn.
Salió hoy en el periódico El País la historia de una carta escrita por él hace 3 años, donde renuncia a su labor como profesor de clases de la licenciatura en Comunicación. Es una emotiva carta con disgusto, decepción, enojo, frustración… pero, lamentablemente, con mucha razón.
Yo lo veo todos los días cuando voy a clases en la universidad. Soy la minoría cuando pongo mi teléfono en silencio y lo guardo en la mochila; soy la minoría cuando tomo notas en un cuaderno y no en la computadora; soy la minoría cuando no respondo en WhatsApp durante clase; soy la minoría que se apena de llegar tarde a clase porque lo ve como una falta de respeto al profesor; soy la minoría que quiere sentarse a aprender y no la que se sienta para obtener buenas calificaciones.
Es triste, es verdad. Nos hemos hecho esclavos de nuestros teléfonos, nos hemos desconectado de ciertas maneras del mundo real, aquel que nos rodea. En vez de usar la tecnología a nuestro favor, para el acceso a la información, para el mejoramiento de nuestros hábitos de lectura, de razonamiento, de análisis… la usamos para nuestra perdición – se ha convertido en un impedimento para nuestra formación.
Yo siempre lo había visto desde el punto de ser una alumna, pero nunca desde el punto de vista de un profesor. Sí, en todo primer día de clase, los profesores te dicen que es una falta de respeto el que ignores a la persona que está parada al frente tuyo tratando de educarte cuando tú estás más ocupado leyendo ridículos memes en internet. Eso lo había escuchado antes, y lo había entendido. Mas nunca había sentido la furia de un profesor que tira la toalla respecto a la enseñanza a nivel universitario. ¿Y quién lo puede juzgar? No me imagino lo agotador que pudo haber sido para él hablar de noticias (a nivel local e internacional) con alumnos que no tenían la más mínima idea de lo que sucedía – ni el más mínimo interés por saberlo. Me da tristeza. Me da tristeza que las personas que están más involucradas con nuestra formación, educación, desarrollo y conocimiento, que son los profesores – simplemente se rindan. ¿A tal punto hemos llegado con nuestra arrogancia de poderlo saber todo con la tecnología, pero sabiendo absolutamente nada?
Tanto los comités, las universidades, los reglamentos, los rectores, los profesores, o cualquier tipo de cuerpo administrativo en las universidades podrían restringir, limitar, o condenar el uso de tecnología al impartir clases, ¿no es cierto? Pero yo me pregunto: ¿y eso de qué serviría? ¿No somos nosotros los alumnos, los más interesados en salir formados y educados de la universidad? ¿No deberíamos ser nosotros quienes impulsaran la disciplina y el respeto en nuestra formación? ¿No deberíamos estar nosotros eternamente agradecidos con aquellos que se dedican a sacarnos de la ignorancia? A mi parecer, las respuestas son obvias. Y me encantaría que los alumnos que se sientan al lado mío en clase para ver Netflix pensaran igual. Me gustaría que el caso del periodista Haberkorn fuera una excepción y que no estuviera por convertirse en regla.
Pero al final del día esta responsabilidad es individual – y la tenemos nosotros los alumnos.
Aquí la nota de El País.
“Me rindo”, la historia detrás de la carta de renuncia de un profesor de Periodismo
Manos Literarias 11/11/2018.