Montreal y Nueva York (ES)

Cuando terminé mis primeros estudios de universidad comunitaria en el 2017, tenía ahorrado algo de dinero que había ganado trabajando. No sabía a qué universidad me iba a transferir ni qué carrera académica iba a escoger, pero sí sabía que tenía el verano entero para disfrutar. ¿Destino o casualidad? Pues ese verano, una de mis mejores amigas estaba estudiando en el extranjero y no perdí la oportunidad de ir a visitarla. Como cualquier otro adulto responsable habría hecho (o tal vez no), me gasté mis ahorros financiando aquel viaje hacia Canadá. Aunque viajé sin resolver absolutamente nada sobre mi incertidumbre en cuanto a mis estudios, sé ahora que tomé la decisión correcta.

Es innegable que el viajar sola y haberme pagado ese viaje me dieron cierta sensación de independencia. Sin embargo, la verdadera libertad la viví en el arte de viajar.  Merodear por las calles de Montreal mientras el viento indomable me movía los pies, fue exactamente lo que necesitaba para aclararme las ideas. Ese típico saludo de “Bonjour, hi!” delataba la increíble asimilación lingüística del inglés y el francés que existe entre los quebequenses – me impresionaba cada vez que lo escuchaba.



La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es foto-1-5-19-10-02-35-a.-m..jpg
La subida al Chalet du Mont-Royal es una experiencia imprescindible de Montreal. No recuerdo cuánto dura la caminata, pero mi amiga se aseguró de que tomáramos el camino más largo para tener la experiencia completa. La caminata, aunque requiere cierto esfuerzo físico para subir a la cumbre, para nada es una aventura ordinaria. Caminábamos lento y platicábamos mucho, siempre rodeadas de árboles y atletas que saludaban al pasar… y para recuperar el aliento: esta vista.


A esta foto la titularía “La dolce far niente.” Una de las mayores recompensas de este viaje, fue olvidarme de la agenda, de los horarios, de las preocupaciones del trabajo y de los pendientes de la universidad… Y entonces le dije a mi amiga “Aquí tenemos que descansar. Sólo miremos los árboles, miremos el cielo. Sin hablar, sin leer, sin pensar… Disfrutemos de no hacer nada.”



“Au Revoir!” dijo antes de cerrar la puerta con prisa. Tenía los libros bajo el brazo, su saco colgado del otro brazo, y las llaves en la mano mientras descendía los escalones. Sus rulos se acomodaban con cada salto que daba de un escalón a otro. Después, lo puso todo en su mochila, se subió a la bicicleta, y se fue.

Pensé que aquella escena podría venir de un libro o de una película. ¿Lo puedes ver? Por un instante pude percatarme de su vida apurada mientras yo caminaba tranquila, con ese aire despreocupado de turista. Lo único que hice, fue contemplar la encantadora arquitectura de esas casas juntas con escalones en las entradas.



El paisaje y la luz del puerto viejo de Montreal es un pequeño paraíso paralelo en el medio de calles tan ruidosas.


La Basílica Notre-Dame de Montreal es mucho más que un edificio histórico y religioso… Es un edificio de majestuosa arquitectura que te roba el aliento.



Como parte de aquel viaje, pasamos un fin de semana en Nueva York. Un solo fin de semana en la Ciudad que nunca duerme me bastó para percatarme de la energía, el talento y la magia que la ciudad tiene para ofrecer. Nos tocó explorar la ciudad cuando Trump había ya estado como presidente algunos meses, y llegué a percibir la ansiedad del ambiente. A pesar de eso, la Gran Manzana posee la magia necesaria para adentrarte entre sus gigantescos edificios y su vida ocupada – a mí me mantuvo siempre en movimiento, donde la única noción del tiempo existía en las manecillas del reloj…


No considero que tenga buenas aptitudes de dibujo, pero ese día no me salían las palabras para escribir en mi diario de viajes. He escuchado que el único lugar de Estados Unidos donde la libertad existe es en la Estatua de la Libertad… yo sólo me río cada vez que escucho este disparate. Cualquier cosa que se me venía a la cabeza para describir el lugar era un cliché. Sin embargo, para tener la experiencia completa de Nueva York, es necesario visitarla.



Aquí el Chelsea Market se esconde bajo un cielo azul. Estaba parada en el puente mientras Nueva York me llenaba los oídos de bocinas de coches, mientras me llegaba a la nariz el olor de la comida urbana, y mientras se me llenaba la cabeza de pensamientos.

Como la lectora devota que soy, cabe destacar que, de todo el mercado, la mejor tienda que encontré fue una librería donde permitían que cualquiera pudiera escribir una reseña de los libros que estaban a la venta.



No recuerdo dónde tomé esta foto. Probablemente era un lugar remoto de Nueva York, a apenas una cuadra de la abrumadora ciudad.



Nos pasamos toda la tarde en la terraza del Rockefeller Center. Caminábamos entre la muchedumbre, incapaces de procesar la inmensidad de la ciudad… aunque tal vez el vértigo también nos limitó los pensamientos, porque no existían palabras que pudieran describir lo que sentimos estando ahí arriba. Y el atardecer que nos acompañó ese día pintó de colores diferentes cada foto.


Leave a comment