“Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago y una pequeñísima reflexión sobre el coronavirus.

La novela de Saramago, escrita en forma de un interminable ensayo, cuenta la historia de una epidemia conocida como “el mal blanco”, la cual deja a la población entera ciega. La gente perdía la vista de un segundo a otro, sin darse cuenta de que un parpadeo les había arrebatado la vista y estaban condenados a ver solo en blanco. En vez de ver completa oscuridad como otros ciegos, el mal blanco los hacía ver una luz resplandeciente, tan resplandeciente que los dejaba ciegos, cuentan los personajes. El estilo de escritura carece de una estructura uniforme. Es decir, aunque hay diálogos, descripciones narrativas y comentarios del autor, no hay estructura formal – es verdaderamente un interminable ensayo con comas y puntos como los únicos marcadores formales. Asimismo, aunque hay personajes y protagonistas, no hay nombres específicos. Es casi como si el autor hubiera querido hacerte pensar el doble para que puedas seguir el hilo de la historia, obligándote a hacer uso de otros sentidos como la intuición y la lógica porque la vista no es suficiente para seguir la historia; es otro tipo de ceguera. El estilo también es sumamente sutil: sutil para hablar de lo difícil, como la muerte, de lo profundo, como el sentido de la vida, sutil para hacer chistes, a veces con humor negro, y sutil para hacer juicios morales en medio de la incertidumbre y caótica imagen que las palabras de Saramago crean en esta historia.

No es tan difícil visualizar el escenario narrativo casi apocalíptico de la historia. Basta con asomarse por la ventana hoy para divisar algunas calles vacías, escuchar el silencio que reina, encontrar escasez en los supermercados, percibir la histeria de la gente y encontrar basura en las calles. Aunque claro, basura en la calle siempre ha habido, pues no se necesita estar en el medio de una epidemia para ser un inconsciente. En medio de este escenario, la historia expone los extremos a los que puede llegar el desorden, y muestra también cómo lo que tenemos de “civilizados” se puede desvanecer completamente cuando satisfacer las necesidades básicas se vuelve la única meta en la vida y cuando el presente, el hoy, es el único tiempo que importa. La novela, en resumen, refleja sobre la perdida de la humanidad en tiempos de crisis y la responsabilidad que cargan aquellos que tienen ojos que sí ven en un mundo lleno de ciegos.

            Es imposible no hacer un paralelismo de este libro con la epidemia del hoy – el coronavirus. Claro, son padecimientos completamente distintos y en contextos separados, pero las similitudes existen en la incertidumbre, el miedo y el rápido contagio. Pero a diferencia de la novela, en nuestra realidad no hay (o por lo menos no hasta ahora) un caos total. Sin ojos que guíen por la vida, sin un liderazgo vidente y sin esperanzas de cura, ¿a qué se aferraban los personajes en tiempos del mal blanco? Saramago sugiere algunas respuestas y diferentes escenarios, pero la clave era la organización. Es ese el punto de partida – la organización. Por suerte, en nuestra realidad del coronavirus aún la hay, aunque tal vez un poco esparcida y a veces contradictoria, pero la hay. Hay un liderazgo vidente (para algunas cosas), esperanzas de alivio en manos de doctores y científicos, y medidas que tomar para disminuir su propagación. Es decir, el completo caos se puede evitar sembrando nuestro granito de arena y aferrándose a un poco de esperanza, aun cuando la incertidumbre reina,  pues como recalca el autor, “…a fin de cuentas lo que está claro es que todas las vidas acaban antes de tiempo.”

Manos literarias 4/5/2020

Leave a comment