Yo le dije, desde que vi su primera fotografía, que era fan de su lente y de su perspectiva – que me encantaban sus fotos. El buen Rafa (@rpl_fotografia) me comentó que podría prestarme un par de fotos para que escribiera algo. Le dije que me mandara fotos suyas que contaran una historia, y me dijo que había estado fotografiando a mucha gente en la calle. Cada foto cuenta una historia diferente y habla por sí sola. Busqué en diferentes libretas y en rincones de la computadora porque algunas fotos resonaban con cosas que había escrito. Son escritos diferentes, pero pueden complementar las historias callejeras que cuenta Rafa con su cámara.

Memorias fuera de casa: Inocencia infantil [Mercado de Cholula]
[Mayo 2019] Me acuerdo del calor húmedo que sentía en el camino que llevaba a la entrada de las habitaciones. Me acuerdo de que la lluvia, siempre inesperada, nos cayó un día en el centro cuando yo disfrutaba de un elote. Tenía las sandalias puestas porque cuando salimos a pasear, el cielo despejado nos había contado otra historia. Se hizo una corriente de agua de lluvia por el centro de Cuetzalan. Mis pies nadaron por la corriente de agua, de basura, de ruido. Pero el elote valió la pena. Cómo extraño los sabores auténticos de Cuetzalan. Al ser una zona cafetera, ni si diga de cuánto extraño la frescura y delicia del café. A todas horas tomábamos café y perdíamos la cuenta de cuántas tazas tomábamos al día. Cuando nos esperaban tardes eternas de trabajo, ya la gente del hotel nos tenía la jarra de café entera esperándonos. Nos acostumbramos a ellos tanto como ellos a nosotros. Sé que algún día volveré. La primera noche que llegamos había mangos en nuestras habitaciones, así que mi compañera de cuarto un día hizo su cama y dejó una nota sobre ella que decía “tendí la cama, ¿hoy me dejas otro mango?” Desde ese día, todas las tardes volvíamos al cuarto y encontrábamos un mango para cada una. Entonces compré chamoy y en las tardes libres sumergíamos los mangos en chamoy mientras jugábamos Uno. La única razón por la cual no me gustaba ir al centro (que es la parte más turística del Pueblo Mágico), era porque me costaba negarme a comprar todo lo que me ofrecían. Sí, las artesanías y la comida me tenían fascinada, pero las ganas de vender cosas y juntar pesos de esa gente me mataba. Compraba un rebozo y cinco mujeres más se me acercaban vendiendo rebozos parecidos, y por más que quisiera ayudarles, no siempre podía. En un adorable café con vista al centro, probé el café con tequila. Ojalá pudiera decir que la combinación me gustó, pero mentiría. Ese mismo día estuve con mi compañero y amigo Gil. Una niña se nos acercó para vendernos pulseras y a Gil le recomendó que comprara una pulsera para su esposa (la niña me señaló a mí con una sonrisa); “¿Cuál te gusta, mi vida?” me preguntó Gil siguiéndole la corriente. Claro que yo también le compré algunas pulseras, y mientras escogíamos cuales, ella nos contaba que usaba el dinero para pagar la escuela y que su mamá le ayudaba a hacerlas. Ojalá hubiera podido comprarle todas las pulseras. De ese día se nos quedó el llamarnos marido y mujer en forma de broma, pues aquel encanto de niña nos había ya casado y ella había sido la testigo.

“ABCBAC: Rima juguetona” [Oaxaca]
Los amantes de la música
Son más sensatos
Toman palabras ajenas
y expropian sentimientos,
Trazan una sonrisa empática
Y la usan para sanar heridas
No adornan su vida,
se reconocen en las letras
que hablan de lo cotidiano
a través de voces lejanas
y se ahogan de corrida
pero sin llorar en vano.

“Nostalgias del país natal” [Mercado de Cholula]
Lo más jodido de emigrar de tu país, es regresar después de un tiempo y sentirte foráneo. Los recuerdos que guardas y visitas estando lejos, son tan, pero tan vívidos, que intentas convencerte de que esos lugares, sentimientos y personas de tus recuerdos permanecen intactos. Yo he regresado a mi ciudad natal, mi querida Puebla, con su volcán que guarda historias de amor, con la familia que inculcó mis valores, con los amigos del alma, con mis restaurantes preferidos… Y aunque me encantaría decir que sigue todo intacto -simplemente porque siguen existiendo- sería una mentira. Todo lo veo distinto, y no sé si sean mis ojos que me engañan, o la cabeza que me confunde. La ciudad crece con nuevos edificios, nuevos rostros, nuevos sabores, nuevas costumbres, y nuevas modas. La gente evoluciona, toma diferentes caminos, cambia de parecer, me estiman de diferente manera. Todo es tan distinto a mis recuerdos. Es doloroso cuando no reconoces el lugar donde un día creciste, porque se siente como un lugar lejano, tal vez parecido, pero no aquel que fue tu lugar. Ese es el problema de los emigrantes, que sus recuerdos del pasado los tienen ilusionados, hasta que les llega el día de regresar y se enfrentan a otros tiempos, otra realidad. La desilusión invade esos recuerdos a los que uno se aferra. Les nace una ansiedad por visitar lugares demolidos, reconocer caras nuevas y revivir historias muertas. Los recuerdos mueren, la realidad del hoy los borra, dejando un vacío que causa incertidumbre – una incertidumbre como la que tiene cualquier foráneo de visita. Y entonces se da uno cuenta de que no solo emigró de su país, sino que emigró de la persona que algún día fue en ese lejano lugar.

“(In)Visibles” [Puebla]
Tuve un profesor que nos contó que, a raíz de un accidente que tuvo en su adolescencia, se le dañó la vista y desde entonces sus ojos solo ven al mundo en matices blancos y negros. Los estacionamientos de la universidad se dividen por colores, el estacionamiento azul tiene un círculo color azul con la palabra ‘azul’; el estacionamiento rojo tiene un círculo rojo y la palabra ‘rojo’; y es lo mismo con el amarillo. Siempre me pregunté por qué era necesario incluir un círculo de color más la palabra que describe ese color – pensé que era redundante. Mi profesor nos contó que él es la razón de por qué hay esa “redundancia” en los estacionamientos. Nos explicó que, cuando él llegaba a trabajar y veía los estacionamientos con el mismo círculo negro, no sabía dónde estacionarse. Después se enteró de que cada estacionamiento tenía un color diferente, y él explicó que, al ser daltónico, nunca había notado que se estacionaba en el lugar incorrecto, así que se le agregó la palabra al color. Nos contó que ya no era fan de la cocina, pues dejó de mirar sus platos antes de comer porque la consistencia de los alimentos, en blanco y negro, da más asco que hambre. Nos contó también que a menudo se confunde con las luces de los semáforos, así que -entre risas y seriedad- nos recomendó que, si lo veíamos manejando en su coche blanco por la universidad, lo dejáramos pasar por nuestra propia seguridad. Nos enseñó que en el dobladillo de su camisa tenía unas letras escritas por su esposa; eran letras que indicaban el color de la camisa. Ella lo hacía para que él supiera de qué colores se vestía, y que nunca llegara a parecer payaso. Definitivamente hay discapacidades que pasan desapercibidas, invisibles delante de nuestros ojos, incluso para los que presumimos de buena vista…

“Sobre el tiempo” [Zócalo de Puebla]
Ahora que está de moda que Pixar encarne sus personajes animados en las películas live-action de Disney, Rafa se encontró con Mamá Coco en el Centro de Puebla. Me contó que esta señora, de 103 años, sigue visitando los lugares a los que siempre ha ido. No le importa que ya no pueda hablar, ni que no pueda ayudar a sus amigas a vender artesanías en el zócalo que, por la misma edad, se le dificulta – para ella no pasa el tiempo.
Apenas leí en el periódico the New York Times que existe una isla noruega llamada Sommar, donde pasan largas temporadas bajo luz total o bajo plena oscuridad las veinticuatro horas del día. Por esa razón, la isla, de 300 habitantes aprox., quiere deshacerse de los relojes y de la noción del tiempo que se usa en el resto del mundo. Para ellos no tiene sentido que sigan los horarios de “la noche” y “el día” cuando pasan semanas sin que anochezca o sin que amanezca. Ellos no quieren ya medir sus días con el tiempo cotidiano, pues no viven cotidianamente bajo la distinción del día y la noche. Ellos pueden medir el tiempo con los colores y la posición del sol, por ejemplo. Leí más acerca de este hecho en otro periódico, en El País, y leí que la gente local de Sommar está emocionada por el hecho de que sus vidas dejen de estar controladas por una noción del tiempo que nunca se adecuó a sus vidas en la isla, pero que temen las confusiones que los posibles turistas tengan al visitar una isla que carece de tiempo y horarios.
Este mismo desapego del tiempo que tienen los habitantes de Sommar, lo tenemos todos nosotros también cada vez que tomamos una fotografía. ¿Para qué nos sirve la fotografía? ¿Para recordar, para nunca olvidar, para encapsular eventos? ¿Para inmortalizar momentos? Recurrimos a las fotos, intactas por el tiempo, para recordarnos que “eran otros tiempos” o para admirar “cómo han pasado los años…” Qué maravilla que las imágenes momentáneas puedan capturar sensaciones distintas del vivir la vida misma. Todos creemos saber lo que significa el tiempo, para algunos el tiempo es dinero, para otros el tiempo está hecho de momentos, pero para los isleños, el tiempo son colores en el cielo. Y sin embargo esta fotografía a blanco y negro también marca tiempo, y la ausencia de tiempo en esa mujer. Habría creído que el tiempo es un concepto universal, sencillo, definido. Pero es un concepto que tal vez se queda al aire, sin definirse, como el viento que cambia mientras se mueve – inalcanzable pero siempre presente.
El País nota de Sommar y The New York Times Sommar

Sin título [Barrio del artista]
Intenté dejarte
Como un músico que tira la batuta
Como un luchador que deja caer los puños
Como un cantante que desconecta el micrófono
Como un cocinero que avienta el mandil
Como un poeta que riega la tinta
Pero te aferraste con singular terquedad,
tal como un pintor que, con artritis,
sigue sujetando la brocha.

“Conversaciones continentales” [Cusco]
Yo veo esta foto tan especial de Rafa y puedo ver los colores y la cultura del Perú. Aún no lo he visitado, pero este retrato captura muchísimo. Este continente es tan extenso, que caben similitudes y diferencias dentro de cada país y de un país a otro. Aunque compartimos tantas cosas en común, cada país es rico en culturas, colores, sabores y tradiciones únicas. Tenemos miradas distintas, pero sonrisas iguales. Es triste y un poco vergonzoso que exista tanta ignorancia en los estadounidenses sobre lo que hay debajo de Estados Unidos. A veces no creo lo que escucho – pero todo es verdad.
I
“Oh, I thought you were from Europe.”
“Are you disappointed?” I asked.
“Yeah, I mean I only approached you because I thought you were exotic like from France or Switzerland, because you don’t look Mexican.”
II
“So, what part of Mexico are you from? Venezuela?”
III
“So, you’re traveling to South America? I’ve been wanting to go to Machu Picchu, its’s on my To-do list. Oh wait, is that Central America?”
“No, Machu Picchu is in Peru” I answered.
“So, South America, right?”
IV
“I just heard on Fox News that Trump cut aid to three Mexican countries to stop immigration”
“Three Mexican countries? Is that what they said on TV?” I asked.
“Yeah, they did. Why? What’s wrong?”
“Well, Honduras, Guatemala and El Salvador aren’t Mexican countries. They’re separate countries, not part of Mexico”
“Oh, okay… Well, they still get to the United States through Mexico, so that’s probably what they meant…”
Manos literarias 15/07/2019