(05.01.17)

Estaba sola, sentada en una banca bajo el sol. El aire me acariciaba el rostro y los nervios me daban punzadas al corazón. Diferentes ambulantes me ofrecieron diferentes productos, desde comida hasta globos. La gente pasaba apurada buscando direcciones o siguiendo su camino. Los turistas tomaban fotos cada tres pasos, contrastando sus idiomas con el español. Al frente mío, había tres patrullas. A un costado, los policías estatales caminaban de un lado al otro, sonreían y se mentaban madres entre ellos. Si los volteaba a ver, sus sonrisas se esfumaban.

Por el estrecho adoquín pasaron varios hombres cerca de la banca donde yo estaba, y mi paranoia alimentaba mi imaginación. Cerré mi libro, tomé mi bolso y lo apreté hacia mí. Voltee a ver a los estatales, quienes seguían platicando entre ellos, como cualquier grupo de amigos de secundaria en el recreo. No sé si sentía inseguridad por la gente que pasaba cerca de mí, o si era por los policías que hacían de todo menos trabajar.

Otro ambulante pasó por el adoquín, ofreciendo cacahuates, chicharrines y chapulines con una sonrisa en la cara. “No joven, por aquí no. Váyase del otro lado” le dijo uno de los policías. “Sí, sí, ya voy…” contestó el ambulante dando unos cuantos pasos más. “Por favor, no me vaya usté a meter en problemas, y por favor camine de aquí pa’ allá” insistió el policía, ahora molesto. “Sí, está bien. Nomás estoy acá chambeándole, trabajando poli. Hay que trabajar honestamente maestro” dijo el ambulante mientras se regresaba por dónde había venido, y en el camino, se cruzó con otro policía que le lanzó una mirada amenazadora por aquel comentario. El ambulante se esfumó entre la multitud. Los policías, en cambio, se quedaron estáticos – como mi sentimiento de inseguridad.

Paula Tece 12/06/2019

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