Pasillos de nostalgia.

Y entonces entramos a su departamento en Austin. Un espacio acogedor, bien decorado, limpio y listo para recibir a dos estudiantes por un par de días. Lo primero que nos llamó la atención, fue una pared blanca llena de fotos. Sin estar saturada, era una pared llena de recuerdos. En la sala también tenía cuadros, y ninguno de estilo similar – pero la combinación delataba su buen gusto.

Adentrándonos en una conversación con ella, nos contó que las fotos, o las había tomado ella en sus viajes, o se las habían regalado de otros viajes. Y los cuadros, en una línea similar, los había comprado de artistas locales en los lugares que había visitado. Las fotos incluían niños sonrientes, de cuando había trabajo con refugiados. Había también un par de adornos asiáticos, de cuando vivió en China. El cuadro de Cartagena, como las calles de esa bellísima ciudad colombiana, tenía colores brillantes y una arquitectura única. En una de las recámaras, tenía también una postal de Cuba que le habían regalado – ella decía que era el recordatorio de que le faltaba visitar ese país. Mientras nos contaba sobre sus viajes, también nos hizo café al estilo italiano, pues así lo había aprendido a hacer durante sus varias estancias en Italia. Mi amigo y yo no nos lo creíamos. La mujer era fascinante, sabihonda y aventurera, y nos quedamos con esa imagen de ella.

La última noche de nuestra estadía con ella, fuimos a un bar y tuvimos otro tipo de conversaciones. Esa vez, hablamos de filosofía, de literatura y de religión. Ella terminó diciendo, entre pequeños sorbos de una bebida que no le había gustado y frente las llamas de una fogata, que se iba a sentir muy sola cuando nos fuéramos. Que, a pesar de que habíamos estado apenas unos días, se había ya acostumbrado a su casa con risas, con ruidos y con compañía. Nos contó que una mañana, cuando ella volvía del trabajo, había sentido una alegría enorme cuando nos encontró, a mi amigo y a mí, tomando una siesta en la alfombra de su sala bajo el sol de invierno. Nos confesó que, por un instante, dejó de sentirse tan sola y le encantaba la idea de tener la casa habitada. Nosotros le contamos que ese día habíamos paseado una vez más por su departamento, recorriendo las paredes de recuerdos que encaminaban su hogar y que siempre la íbamos a admirar por todos los viajes y aventuras que había hecho. Al final, nos dijo que a veces se arrepentía de haber hecho tanto viaje porque, según ella, eso la había privado de formar una familia años antes. “¿De qué sirve tener una casa tan adornada de recuerdos y viajes, cuando todos los días llego y está vacía?” nos peguntó con lágrimas en los ojos. Ni mi amigo ni yo supimos qué contestar, claramente no conocíamos la soledad que a ella la había acompañado por tanto tiempo. Nos dijo que como éramos jóvenes y nos queríamos comer al mundo, que esas paredes siempre las íbamos a recordar con asombro y admiración, pero a ella le llegaban a causar remordimiento. Yo le dije que las cosas siempre pasan por una razón, y que sus viajes la habían hecho la mujer que era. Mi amigo le dijo que, si quería una familia, todavía tenía tiempo para formarla, sólo que debía dejar que las cosas se acomodaran con el tiempo. No sé si logramos reconfortarla ese día, pero, a nosotros dos, sus reflexiones nos habían tocado profundamente.

Fue un viaje bastante interesante en el que visitamos el Capitolio de Texas, la inmensa Universidad de Texas, algunos cafés auténticos, y muchos bares pintorescos. Escuchamos la increíble orquesta de una escuela local, asistimos a un show de comedia, probamos la comida de Serbia y el café de Turquía. Era importante que nos despejáramos de la vida cotidiana por un par de días, pero lo más interesante, sin duda, fueron las charlas que tuvimos con nuestra anfitriona Liz: una mujer llena de aventuras nostálgicas.

Paula Tece 5/6/2019

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